Las concepciones eclesiológicas y pastorales del concilio Vaticano II han permitido una nueva reflexión sobre el ser de la Iglesia.

La pregunta conciliar consistía en saber qué decía la propia iglesia sobre aquello que era: “Y la respuesta a esta pregunta siempre fue dada por referencia a otras realidades” (RAMOS, 1995, pág. 82). Por ende se especifica que la esencia de la Iglesia está en su ser relativo a las realidades a las que ésta debe servir.

Toda teología Pastoral posee una base eclesiológica, ya que las concepciones de la iglesia traen aparejada una determinada forma de acción y obrar a partir de un determinado discurso teológico. Podemos decir que la acción pastoral algunas veces ha sido motivo y origen de la reflexión eclesiológica, otras veces ha sido causada por estas. El Vaticano II permitirá articular las relaciones de la eclesiología, la teología pastoral y estas otras realidades a las que deben servir, siempre de una forma dialéctica, donde cada realidad se diferencie pero a la vez mantenga su relación con las otras.

De ahí que estas tres realidades que son: Cristo, El Reino y El Mundo, deban también referirse y guiar a la acción pastoral. De lo que se trata primeramente entonces, es de entender cómo la Iglesia tiene su razón de ser en estas tres realidades sin una identificación absoluta con una de ellas, pero tampoco olvidando ninguna, ya que si ha habido errores antes en la acción pastoral lo ha sido o por un reduccionismo o por una absolutización en la identificación.

El misterio de la Iglesia formaría parte del misterio de la encarnación. Entonces, “dentro del misterio de Cristo se encuentra el misterio eclesial, dentro de la fe en Cristo se halla la fe en la Iglesia” (RAMOS, 1995, pág. 85) Hay en ella la confluencia de elementos divinos y humanos, como bien lo señalaba ya el Concilio de Calcedonia al respecto de la Encarnación, sin confusión pero sin separación. Por otro lado, este fortalecimiento y claridad de las bases cristológicas del misterio de la Iglesia, permitía escapar de cualquier intento de fundamentación a partir de concepciones jurídicas y societarias.Se definió entonces (desde las encíclicas de León XIII a las de Pío XII) el paralelismo entre la encarnación y la Iglesia y los límites de este.

Un elemento importante en esta unión y distinción “vino dado por la categoría de sacramento aplicada a la Iglesia. La Iglesia no es Cristo, sino Sacramento de Cristo” (RAMOS, 1995, pág. 87). Y así como la humanidad de Cristo, que es la encarnación, daba cuenta de un encuentro con Dios, en el doble sentido de que, por él es Dios significado y revelado y que, por él actúa salvíficamente en el mundo, la Iglesia venía a ser un segundo momento en la continuidad de esa misión, que por él venía a ser definida como reveladora y salvadora en la historia. Con propiedad puede ser llamada “Cuerpo de Cristo”.

Hay que tomar en cuenta que la novedad está en que la identificación se produce en un nivel del obrar y el actuar y no en un nivel del ser, como antaño se había visualizado. El paralelismo viene dado por una misión.Esta acción no es la propia, está encomendada por el Señor, quien de ahora en adelante debe ser su crítico y juez en este pastoreo. Primera repercusión Pastoral. Es el espíritu de Cristo el que “como fruto de su Pascua, llena las realidades eclesiales y se vale de ellas para continuar la obra salvífica” (RAMOS, 1995, pág. 88)